#109 Sobre Kawhi Leonard, memoria y mitología
Kawhi es un animal mitológico, un recuerdo vago de tiempos mejores. Kawhi es un Pokémon legendario.
La semana pasada me tocó ir a la oficina. Generalmente, trabajo desde casa, el mejor invento del siglo XXI, pero por motivos ajenos a mi persona, cargo y responsabilidades me tocó conducir una hora hasta la ciudad. La idea era recoger todos los bártulos, ya que mi empresa dejará de usar esa oficina a final de mes, pero ya que iba, me tocaba quedarme todo el día. Al intentar empezar mi jornada laboral, eso sí, el ordenador decidió no encenderse: pantalla en negro, ni un mensaje de alerta ni nada. Se lo enseñé al informático de la empresa, la peor persona que os podéis cruzar en vuestra vida y su respuesta fue 101 informático: “¿Has probado a reiniciarlo?”. Me dieron ganas de reiniciárselo en la cabeza, pero no.
En 2018 me mudé a Toronto. Llegué para estudiar, pero con la certeza de que tenía que hacer lo que fuera para poder cubrir los Raptors; no siempre uno tiene una franquicia NBA a 45 minutos de casa en bus. Para aquel entonces escribía para The Wing, la mejor web de baloncesto de la historia de la humanidad, y para Solobasket, el decano de la información de la pelota naranja en España. Y entre los dos tenía que conseguir, sí o sí, acceso a una acreditación para la NBA. Fast-forward al 24 de septiembre de 2018 y ahí estaba sentado yo, en la rueda de prensa de presentación de Kawhi Leonard con Masai Ujiri y Danny Green. Rodeado de la élite de los periodistas nacionales y algún americano. Y sí, todos recordáis aquella rueda de prensa.
Aquella fue mi primera interacción con Kawhi Leonard en directo. Desde ese momento, y con permiso de cuatro partidos que no me dieron la acreditación, mi vida consistía en ir a clase, trabajar en Starbucks y asistir a los partidos de los Raptors. Y con ello, ver a Kawhi Leonard en primera persona. Verle calentar, verle en rueda de prensa, verle en el vestuario moverse, algo que muy poca gente puede decir por una temporada completa y que me cambió la percepción del baloncesto para siempre. Porque que tu primera vez sea Kawhi Leonard es como nacer en una familia de ricos: te crea expectativas en la vida que no son reales, que no todo el mundo tiene. Que no es lo normal, ni debería serlo.
Para quien no lo sepa, el Kawhi Leonard de 2018/19 es lo más parecido que hemos visto en este siglo a un jugador rozar la perfección — y tiene todavía más mérito las circunstancias en las que lo hizo. Porque Kawhi nunca ha sido un jugador convencional, no en el siglo XXI. Kawhi llega, calienta, juega, gana y se va a su casa. No tiene redes sociales, no quiere hablar con la prensa, que se hable de él, solo quiere ganar. Y hará todo lo posible por conseguirlo. Hay un dato que resume a la perfección la figura de Kawhi Leonard, que engloba el total del jugador: desde 2016, cuando pierde las semis del Oeste ante Oklahoma, Leonard no ha perdido una serie con público en la que ha jugado al completo.
En 2017, tras ventilarse a Memphis y Houston, se lesiona en el primer partido de las finales de conferencia ante los Warriors cuando iban ganando por 23 puntos en el tercer cuarto. Hasta la fecha los Warriors estaban 8-0 en playoffs, y acabaron remontando ese partido y barriendo a los Spurs. Pero Golden State, al menos para esa noche, estaba en peligro — y Kawhi no volvió a jugar. Sus siguientes playoffs fue en Toronto, en 2019 y todos sabemos qué paso: 4-1 v Orlando, 4-3 y la canasta para ganar la serie sobre la bocina ante Philly, 4-2 ante Milwaukee defendiendo al MVP de la NBA y otro 4-2 ante los Warriors. Y se marchó a los Clippers. Porque su sueño, al salir de San Antonio, siempre era poder volver a casa.
2020 es la burbuja, no cuenta en mi teoría (gana a Dallas, pierde en siete ante Denver en una actuación horrenda de los Clippers). 2021 vuelve a ganar a Dallas y se lesiona en el cuarto partido de la serie ante Utah, que acaba ganando Terance Mann. No juega ante los Suns. Y desde entonces, no ha podido acabar una serie de playoffs. En 2023, otra vez contra ante Phoenix, juega solo dos partidos y Clippers queda 1-1 antes de irse a casa en cinco (0-3 sin él); 2024 solo juega el segundo y tercer duelo ante Dallas, donde pierden ambos (!!!), y los Clippers caen 4-2 pese a llegar a estar 2-2. Este año, por ahora sano (un condicional muy grande), la franquicia angelina está 1-1 ante los Nuggets. O gana, o se lesiona. Y las dos son igual de habituales.
Y todo con el añadido de haber crecido bajo la sombra del big-3 de los Spurs y en la fábrica de talento que fueron los Spurs. Las famosas finales de 2014, defendiendo a LeBron, el doble DPOY. El Kawhi de 2016 a 2017, hasta la lesión con Pachulia, es un jugador que no pierde una comparación ni con LeBron James. Segundo en el MVP unánime de Curry y tercero un año más tarde. Y el primer jugador que sale mal de los Spurs, hasta la fecha, una utopía del baloncesto moderno (luego ha habido más, sí). Por eso Kawhi nunca fue una figura convencional, y nuestra percepción, con él, tampoco fue la normal. Y mucho menos la mía, que sigo todavía con la visión borrosa como si hubiera mirado directo al sol en un eclipse.
Kawhi es un animal mitológico, un recuerdo vago de tiempos mejores. Kawhi es un Pokémon legendario. Todos sabemos de su existencia, pero no podemos tenerlo como plan A porque nunca sabemos cuándo puede desaparecer, y se acaba la historia. No puedes basar tu estrategia en “tenemos a Kawhi Leonard” porque carece de fundamento histórico y temporal, pero el miedo que ejerce en el rival es comparable al que tu equipo médico tiene cada vez que Leonard pisa una pista de baloncesto. Desde 2017, desde el caso Pachulia, su salud es una cuestión de estado para un jugador al que sí, se le ha permitido mucho más que al resto — porque por nivel, tendría que haber peleado el trono de LeBron con Durant y Curry, pero se quedó en un what if.
Cada vez que Kawhi vuelve a jugar, vuelve a brillar, se resetea nuestra memoria sobre el jugador, como si fuéramos un ordenador que no funciona, y que vuelve a empezar. Como si la NBA fuera el imbécil del informático de mi empresa y nosotros máquinas diseñadas para reiniciar el cerebro a placer. Nos olvidamos, por un momento de cada lesión, de cada año en blanco, de cada momento donde sus rodillas dijeron basta y solo podemos pensar en lo bonito que es el mundo con Kawhi Leonard sano. Coches voladores, trenes de alta velocidad entre países y la cura contra el cáncer a precio asequible en todo el planeta. Un mundo donde J. K. Rowling no tiene un micrófono ni le dejan hablar.
¿Existe ese mundo? Solo en nuestra memoria y nuestros corazones. Existe el recuerdo de 2019, por ejemplo, cuando Kawhi fue por un año el mejor jugador del planeta tierra y se llevó el anillo, y vivimos de eso. Sobre todo yo, que fue la primera vez que pude cubrir la NBA en persona. Yo vi a Kawhi Leonard convertirse en Lugia y desde entonces, no he podido dejar de creer en él. Cada abril, como un tonto, sigo pensando que volverá y reinicio mis expectativas, ilusionado como un niño a principios de julio, sabiendo que viene lo mejor del año. Siempre, sin fallo, espero volver a verle sonreír, porque él me hizo sentir especial en aquel 2019. Y creo en él.
Al menos hasta que llega el comunicado de los Clippers arruinando mi vida.