Si el 21 de octubre iba a ser un día especial, la ciudad de Toronto no recibió el aviso. Despertó fría, rozando la sensación térmica de cero grados centígrados y gris. Tanto como el humo que emitía el tren, camino de la ciudad, retrasado un día más por complicaciones con la vía. Tampoco el transporte público tenía previsto un día especial, aunque dentro de los vagones se empezaba a sentir algo, con camisetas dispersas de temática prehistórica. Incluso doce horas antes del partido, algún valiente asomaba su jersey con el #2 a la espalda, sacada del armario de los menesteres y la melancolía. El resto, traje y corbata, vestido de oficina, que sigue siendo miércoles. Uno especial, pero miércoles al fin y al cabo.
Horas después, la historia era muy distinta. No sé si fue la comida, que la ciudad llegara a 17 grados y el sol azotase la tarde o que la gente sabía que estaba a minutos de rejuvenecer algo más de siete años de golpe, pero el ambiente era de día especial.
Un filósofo moderno una vez dijo «Ojalá hubiera una forma de saber que estás en los buenos viejos tiempos antes de que realmente te hayas ido de ellos» (Andy Bernard, 2013). Toronto, en aquel imborrable 2019 sabía perfectamente que estaba en los buenos viejos tiempos, pero no qué se iban a terminar tan rápido. Que en apenas quince días iban a pasar del high de celebrar el anillo con dos millones de personas al low de ver a Leonard partir a los Clippers, creyendo que era para siempre. Pero el destino es caprichoso en sus guiones de la vida. Y para aquellos que no supieron apreciar la vida con Kawhi Leonard como jugador de los Raptors, les ha dado una segunda oportunidad. Y esta vez lo van a saborear desde el primer día, sabiendo que puede haber un último.
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Para quien no lo sepa todavía, anoche Kawhi Leonard volvió a debutar con los Toronto Raptors. Lo hizo en un Scotiabank Arena que se vistió con todas las galas que Canadá ha producido para recibir al MVP de las finales de 2019, sin importar que el rival delante fueran unos Bulls, convidados de piedra al evento. Víctimas de estos nuevos Raptors, incansables en el esfuerzo defensivo y con alternativas suficientes para paliar una todavía latente carencia de ideas en ataque estático. Esa sensación de primer día de clase y llegar con lo justo del verano, todavía oxidado, pero sabiendo que el examen de hoy no será tan duro como los de final de curso. Que Chicagos hay muchos, pero New Yorks o Detroit también.
No se lo quiso perder Drake, ni Serge Ibaka, que viajó a ver el debut de su amigo y ex-compañero en Toronto y los Clippers. Ni yo, que pude ver en primera persona la vuelta de Kawhi, la paliza de los Raptors o el debut de Caleb Wilson.

El pabellón, a dos horas del partido, olía a una mezcla de palomitas recién hechas y el sudor de aquellos jugadores que ya llevaban quince minutos calentando. En el lado de Toronto lo hacían aquellos que completan la plantilla, a sabiendas que no van a pisar la pista hasta que la diferencia supere los 30 puntos y el reloj se acerque al final, con la intensidad además de un partido de entrenamiento; en el otro lado de la pista lo hacía Buddy Hield, que recordaba al estilista de mecánica pura y el robot que repite una y mil veces el mismo movimiento sin fallo. Triple, dentro. Triple, dentro. El tercero se salía del aro, y los siguientes siete para acabar la serie acababan todos en el fondo de la red con la misma amabilidad con la que las hojas caen al suelo con el final del otoño.
Desde una esquina, la otra, defendido o solo, en movimiento o estático, Hield tiene esa aura de tirador de pura raza, al que uno ver calentar y solo puede soltar una sonrisa, pero de frustración. De creer que los deportistas de élite son una raza diferente, sin importar la disciplina. Ver a Trayce Jackson-Davis fallar el 90% de sus intentos le da todavía más valor al bahameño. No recuerdo un jugador con menos aspecto de jugador que TJD, pero bueno. Lo que fuera para ver el calentamiento de Kawhi, estrenando peinado afro y la equipación más sencilla de toda la gama Nike, como si no importara su aspecto lo más mínimo. Solo el baloncesto es relevante en la cabeza de un Leonard que en apenas un mes se ha mostrado mucho menos tímido que su versión primigenia, la que heredaron de es organización llamada Spurs.
Cámaras y más cámaras se amontonaban a su alrededor mientras el jugador se sumergía en la rutina de su preparación, alejado del mundo. Una capacidad que tienen muy pocos, la de aislarse de todo lo que les rodea, pero que quedó evidente en el escándalo de los pagos por debajo de la mesa y como se supo alejar de cualquier multa de la NBA. El recibimiento fue similar a reencontrarse con aquel amor de verano que hace años que no ves, pero piensas casi cada día de tu vida, con el asterisco de que tienes un amor similar en tu vida ya. Lo único pendiente es casarte, el anillo. Por eso Scottie se llevó una ovación mayor a la de Kawhi, porque él siempre ha querido estar aquí.
Pero era su vuelta, un día especial en todos los sentidos. No le preguntaron a Tiago Splitter sobre ello antes del partido, pero sí sobre su tiempo con Leonard en San Antonio. En su día, el brasileño dijo sobre su compañero “there is quiet, and there is Kawhi... he does not say much”, aunque el presente es muy diferente. Splitter le ve distinto, más maduro. “Es un jugador diferente, su personalidad ha cambiado, aunque es normal. Ha tenido una tremenda carrera y sigue haciendo lo que siempre hace”. No miente Splitter, que estuvo juguetón en su rueda de prensa, antes de ver a su equipo caer estrepitosamente en un debut que no le desearía ni a Tom Dundon.
Lo que siempre hace fue, por ejemplo, meter un triple para inaugurar su casillero a los 40 segundos de partido. ¿Ha sido su mejor noche? No, la verdad. Ha sido un Kawhi común, incluso anodino. Uno... ¿promedio? Pese a terminar con 23 puntos (5/17 FG, 11/11 FT), 6 rebotes, 4 robos (!), 2 asistencias y 1 tapón, el equipo ha sido solo doce puntos mejor con él en pista (y todos en el último cuarto). O por ponerlo en números que todos podemos entender: sin Leonard, los Raptors han ganado los minutos por 31. Rozaron la máxima anotación histórica de la franquicia, en 145, o la más alta vista como local (142, aunque fue en la temporada de Tampa), pero se quedaron en solo 135 en una noche donde el mejor fue Immanuel Quickley.
El base acabó con 23, como Scottie y Kawhi (y RU Barret 20), y un +38 que resume la noche de Toronto. Tramite, un papeleo ante unos Bulls demasiado inexpertos para saber que estaban siendo desmenuzados en televisión nacional. Cada cuarto la ventaja crecía más, incluso cuando parecían no quererlo más, casi por negligencia de Chicago incapaz de no perder el balón a la mínima presión en primera línea de ataque. 27 pérdidas, sumado al 4/36 en el triple, sirven para suponer que Splitter querrá olvidar rápido su debut con los Bulls. Como rápido se fueron del pabellón los jugadores, rumbo a casa.
Por norma, el vestuario de los equipos se abre a los 15 minutos del final del partido, al acabar la rueda de prensa del técnico local y suele durar una media hora, hasta que el último jugador se ha cambiado, vestido y abandona el lugar. Para cuando Kawhi acabó su rueda de prensa, los Bulls ya estaban en el bus camino al aeropuerto. Quería hablar con Norman Powell, además de un Buddy Hield que me atendió antes del duelo (y me despachó con la misma elegancia que tira a canasta) y Nic Claxton, que evitó el encuentro con la prensa y por ende mis preguntas sobre Jordi Fernández por ser baja en el partido. Y menos mal, porque Jalen Smith me pareció la única buena noticia.
Sí que habló Kawhi, que combina como nadie el simplismo de un tuit de Magic Johnson con un mensaje bien trabajado por el equipo de comunicación del jugador. Que muy feliz por la afición, de que puedan verle. Que el video que publicó era para ellos, por respeto; pero a Kawhi lo que le interesa es el baloncesto, hablar de la pelotita. Y cuál es el techo de este equipo, la expectación de la gente, y esa aspiración: championship aspiration era la cita. Dijo que no iba a hablar de eso ahora, que es el primer partido y que queda mucha temporada, mucho por mejorar y que el objetivo es seguir creciendo. Despejando balones.
Del otro Aspiration tampoco habló. Avisó en el media day de la franquicia que no iba a pronuniciarse y la prensa ha honrado su petición, ignorando el tema y evitando las preguntas sobre el escándalo más grande que ha visto la NBA este siglo. ¿Importa ahora? No, la verdad. Parece que lo único relevante es que hoy era un día grande en Toronto, que Kawhi ha vuelto, que el pasado se queda ahí bien donde está. Y si hemos aprendido algo es que estos Raptors, con Leonard, van muy en serio. Y el título es la única Aspiration real.





Impresionante artículo 👏🏼👏🏼 Sin duda a la altura del día que era. Gracias.