No hay rival más duro, enemigo más inevitable y final más previsible en la NBA actual que el CBA. No hay muro más alto a superar que aquel que firmaron la Asociación de Jugadores y los propietarios de las 30 franquicias, un convenio colectivo que devora proyectos, minimiza ventanas competitivas y no tiene piedad por tu estrella favorita. Su última víctima, Oklahoma City Thunder. Un equipo que en el cuarto partido de la temporada regular ha podido decir adiós a sus opciones de anillo y, por traer la más cruda realidad a la palestra, a la versión del proyecto como lo conocemos. Como lo vimos salir campeón en 2025 y al que la salud, desde entonces, ha ido martilleando sin cesar hasta llegar al punto de quiebre con la noche del domingo.
En algo menos de 48 minutos perdieron a Jalen Williams y Cason Wallace para toda la temporada. Y con ellos, la esperanza de levantar otro título.
Ni Shai Gilgeous-Alexander, para muchos el mejor jugador del planeta, ni Sam Presti, el mejor ejecutivo de toda la liga, pueden contra ello. El tiempo sigue y cada temporada sin poder competir porque la vida no tiene clemencia es un año perdido; no tirado a la basura, pero estos Thunder están bhechos para luchar en junio y antes de noviembre comprueban como el sueño se diluye, otra vez. Y viene lo peor: la transición de ver al equipo que te llevó al título a uno que se parece, en la forma, pero no en el contenido ni mucho menos en el resultado. Como le pasó a los Celtics, de tener seis titulares a mantener a solo Tatum y White en el equipo, o como le pasará a los Knicks en los próximos dos veranos. Nadie escapa la muerte por asfixia que genera el CBA actual.
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Los Thunder, que este verano han dejado salir a Lu Dort, Isaiah Joe y Aaron Wiggins y sus casi $40 millones combinados, caminan directos al abismo financiero. Ni la mejor gerencia puede evitarlo por completo. Es el castigo a pagar por tener muchísimo talento en el equipo combinado con un ojo clínico a la hora de encontrar tesoros en el final del draft, el fondo de armario del resto de franquicias, y la consecuencia de ganar. Un jugador vale más cuando demuestra que puede competir y en esta plantilla, casi todos lo han hecho ya, pero eso tiene un precio más alto. Cason, Chet, JDub, Hartenstein, todos han renovado post-anillo con la prima en su contrato de saber que son fiables cuando llegue el mes de mayo o junio.
Por que planteo el fin del mundo cuando van cuatro partidos de temporada, han ganado cada uno de ellos y probablemente no conjuguen el verbo perder hasta la noche de Halloween, cuando visitan Houston. Porque en la NBA mirar el hoy, y solo el hoy, es quedarse corto. Cada movimiento, traspaso, firma, pick o extensión se hace pensando en tres variables: el presente, el futuro a corto plazo y el futuro a medio plazo. Ya no existe, como tal, el siete años vista más allá de los picks del draft congelados por el segundo apron o el tener talentos generacionales como Cooper Flagg, Victor Wembanyama o AJ Dybantsa. Hoy, final de la temporada y los próximos tres años son las tres hojas de ruta.
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